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La Maratón de Nueva York de 2017 se quedará siempre grabada a fuego en mi memoria y en mis piernas. Esta es mi pequeña crónica de la carrera que es, sin lugar a dudas, el mayor espectáculo del mundo.

5:00 am Manhattan (Hotel) (14:30 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)

Decididamente ya no merece la pena seguir dando vueltas en la cama.

Llevo ya media hora leyendo las RRSS y viendo como mis compañeros ASICS FrontRunners ya están corriendo por las calles de Oporto su propia maratón (que envidia, ya están terminándola). Intento dormir, pero me engaño. Ya es imposible. No puedo. Tengo ganas de que todo empiece ya y que termine ya. Siento la ansiedad típica de un maratón y es la quinta vez que me levanto al cuarto de baño esta noche. Apenas he pegado ojo.  

¿Qué siento? Ya lo sabéis. Tensión, nervios, ansiedad y respeto, mucho mucho respeto a lo que se me viene por delante. Correr un maratón es algo especial. Duro, implacable, agotador… aunque maravilloso.

Este año se le suma a todo lo anterior dos circunstancias especiales que vienen acrecentando mi inquietud sobre la carrera en las últimas semanas:   

  1. En primer lugar no llego como debería llegar. Seamos sinceros, correr una carrera como esta requiere un estado de forma casi perfecto y por diversos motivos (trabajo, agotamiento mental, etc.) no llego como debería llegar (¿quién me mandaría a mi…?).
  2. En segundo lugar, me han retrasado la salida y, echando cuentas, incluso si todo va bien, llegaré a la meta de Central Park apenas dos horas y media antes de que mi avión a Madrid despegue. Sabiendo que el aeropuerto de JFK está a una hora del hotel…Echad vosotros las cuentas.  

Me levanto de la cama y me traen el desayuno que Cristina me ha pedido por sorpresa. Colacao caliente y dos croissants.  

- Cariñó, tómate los dos croissants, que los vas a necesitar en la carrera.

- No, no, dos son mucho y no quiero hacer cosas raras hoy.  

Son las cosas del maratón. Todo lo tenemos muy medido desde horas antes, también el desayuno. La ropa, los geles, las sales, el dorsal, los imperdibles, el reloj-gps, la bandera de España, la música que llevaré en la carrera, la ropa de abrigo y el “poncho” para las horas antes de la salida y, por supuesto, mis aliadas, mis compañeras, mis amigas NIMBUS que tantos kilómetros han corrido conmigo estos últimos meses y que hoy me han prometido que estarían conmigo (y que cumplirían con creces).  


Así, como el soldado que se sale rumbo al frente a luchar contra lo desconocido, termino de vestirme con cuidado, doy un último repaso mental a todo para que nada se me olvide y, tras tomar un último sorbo al colacao, me despido de Cristina con un beso fuerte.  

- Te veo en la milla 16 y no te preocupes que llegaré a tiempo para que cojamos el avión. Ya me conozco cómo va esto. No es la primera vez que lo hago.   

- Eso espero. Ten mucho cuidado. Te quiero. 

La puerta se cierra detrás de mí y abajo ya me espera el Uber. Amigos, esto comienza.

 

7:00 am Manhattan (Biblioteca Central-Nueva York) (12:30 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)  

El Uber me deja apenas dos calles antes de llegar a la Biblioteca Central de Nueva York, desde donde sale mi autobús hacia la línea de salida. No puede continuar más porque las calles están ya cortadas. Cientos, miles de corredores hacen fila ya para coger los autobuses. Me bajo del coche y el conductor me da fuerzas con un “Good luck, man!”.  

La organización del Maratón de Nueva York es perfecta (no solo aquí, sino en todo momento). Cientos de voluntarios guían a los corredores (de muchísimas nacionalidades) hacia los autobuses. En la cola te da tiempo a observar a cientos de personas con ponchos, ropa de abrigo, albornoces esperando en cola al amanecer. La mañana es fría y queda mucho hasta que salgamos. Este extraño crisol de gente vestida con mallas cortas de colores, pero abrigada con ropa de baño o ropa interior y tapada con plásticos, mantas y cartones solo puede entenderlo quien se ha visto en esa situación. Afortunadamente somos miles los que estamos hoy aquí.  

Entro en mi autobús y decido descansar un rato. Nos espera un largo camino hasta Staten Island…aunque de repente siento frio y humedad en las mallas ¡Me he tirado la botella con sales entera en el pantalón! (bien empezamos). Pasaremos la mañana “pasada por agua” antes de la salida.  

 

8:30 am Staten Island (Campamento base de la salida) (11 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)  

Nada más bajar del autobús y pasar un par de controles de seguridad (perros, detectores de metales, policía, etc.) llegamos al campamento previo a la salida del Maratón. La salida se divide en diferentes oleadas (“waves”) que salen a diferentes horas y distintos “corrales” separados por colores. Fácilmente puedes estar en este campamento hora y media o dos horas hasta la salida.  

Me encuentro allí con Ángel, que sale antes que yo y que lleva esperando ya un tiempo en el campamento. Tras el clásico paso por “boxes” le acompaño a su corral azul y, tras descansar un rato tirados en el suelo, nos despedimos con un abrazo deseándonos suerte. “Nos vemos en el aeropuerto. No vayas a llegar tarde”, me dice casi riendo.  

Llego a mi corral naranja, ya solo, y me siento en un árbol a esperar viendo como salen las oleadas previas en lo alto del puente de Verrazano y buscando con la mirada por si veo a alguien conocido. Me tapo con las mantas y el poncho. Empieza a llover.   

 

10:45 am Staten Island (Puente de Verrazano-Narrows)  (8:45 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)  

La espera ha pasado volando. Son tantos los detalles que quiero conservar en mi memoria que no hay momento de aburrimiento.  

Al corral naranja le toca correr, por lo que veo, por debajo del puente. No es la mejor opción porque ya corrí por ahí en 2014 y porque realmente lo más bonito es sentir, dicen, el viento de cara en el puente de Verrazano viendo Manhattan al fondo. Bueno, qué le vamos a hacer, es un detalle simplemente y, además, así me ahorro gran parte de la cuesta de la primera milla del maratón (la cuesta con más pendiente de toda la carrera, aunque apenas se nota).  

Nos dan paso a la salida de meta y veo que algunos corredores están aprovechando una abertura en una de las vallas que separan las diferentes salidas para colarse a otro de los corrales y salir por encima del puente! ¿Qué hago? Voy corriendo a la valla y “me paso” a la salida de otros de los corrales. ¡Este año saldremos por encima del puente! ¿Qué importa empezar en cuesta?  

El viento sopla fuerte y chispea (la lluvia intermitente nos acompañará durante toda la carrera). Me despojo de toda la ropa de abrigo y destapo mi uniforme de gala. Geles bien. Sales bien. Zapatillas atadas. Reloj-gps preparado. Estamos listos! Tras cinco minutos en un silencio tenso generalizado, dan la salida  La gente empieza a gritar de emoción.  

La salida de la maratón de Nueva York es una de esas imágenes que sabes que jamás olvidarás. Sabes que estás viviendo algo que recordarás siempre. Es emocionante. Suena al fondo el “New York, New York” de Frank Sinatra mientras vas dando tus primeros pasos por un puente, cuesta arriba, y lleno de corredores. Cada uno con un mensaje en la camiseta o una bandera en su espalda. Cada uno con sus ilusiones y sus miedos dentro de él, pero todos juntos, como una enorme familia, camino, ahora sí, de Central Park.  

Será un mismo camino que todos correremos juntos pero en una profunda soledad que cada corredor vive de una forma diferente. En un maratón tienes tiempo para hablarte, para conocerte, para animarte, para regañarte y felicitarte; para hacer repaso de tu vida, de tu pasado y de tu futuro.    

La maratón de Nueva York pasa por los cinco barrios de la ciudad (Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan) y está repleta de gente animando todo el rato (salvo la zona judía ortodoxa, donde no hay público apenas, pero que dura solo unos minutos).  

¡Qué decir del público neoyorkino! Probablemente el mejor público del mundo. Los 42 kilómetros de la carrera están llenos de pancartas, de canciones, de bailes, de gente chocando manos, de personas ofreciéndote pañuelos, comida, bebida y, lo más importante, su admiración y aliento incondicional en todo momento. Han salido de sus casas bajo la lluvia para verte a TI, sí, a TI. Este es tu momento y ellos quieren verlo y estar contigo. Aunque no te conozcan, aunque apenas conocen el nombre de tu camiseta, sienten un profundo respeto y admiración por cada corredor que se “atreve” a enfrentarse a la mítica distancia. Se les ve en los ojos. Su admiración y respecto es sincero, y una parte de ti sabe que no puedes fallarles.  

 

11:30 am Brooklyn - Queens (8 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)  

Brooklyn es una gran fiesta. Estos primeros kilómetros son de disfrute total. Decido fijar un ritmo cómodo y un máximo de pulsaciones. Los esfuerzos en los primeros kilómetros se pagan y, como decía antes, no está la cosa como para hacer sobresfuerzos que luego pasen factura. Aprovecho este ritmo cómodo para disfrutar de la carrera y de su público. Está lloviendo, pero ya hace tiempo que eso ha dejado de importar. El público y los corredores somos uno solo.  

Pasan por delante de mí cientos de carteles de ánimo (“Dad, you are my hero”, “Hi, runner. I do not know you but you are brave”, “Push here if you want superpowers”, etc.) y escucho mi nombre cientos de veces (“C’mon Gonzalo, go go go”) y miles de banderas de todos los países. Intento responder a todos los que me animan con un gesto de agradecimiento o una sonrisa. Busco sobre todo las banderas españolas porque cuando las veo me siento –fíjate qué tontería- arropado por alguien “conocido” al que jamás he visto.  


Me encuentro con Laura (@reto21) que va un poco más fuerte que yo. La veo feliz, contenta y fuerte. Se nota que lo está viviendo de manera especial. Corremos juntos unos cientos de metros, grabamos un video y le digo que no me espere porque mi ritmo es algo más lento (y prefiero ir reservón).  

Llegamos a Queens y la fiesta continúa. Suena el teléfono. Cristina me dice que es imposible llegar al lugar donde hemos quedado y que verá que puede hacer. Me desanimo un poco. El teléfono me ha hecho perder un poco el ritmo y la concentración. Casi llevo 20 kilómetros en mis piernas y, a pesar del ritmo fácil, me empiezo a sentir algo cansado.

 

Me encuentro con Alberto (@AlbBarrantes) y Susana (@Sualfageme) quienes “me cogen” en Queens. Dudo si acomodarme a su ritmo (parecido al mío, aunque algo mayor) o seguir con el plan inicial de reservar fuerzas al máximo. Tras correr con ellos unos cientos de metros, decido despegarme otra vez. No quiero liarme y, además, el teléfono vuelve a sonar. Cristina ha encontrado un hueco justo a la salida del Puente de Queensboro, en Manhattan. Con esta nueva ilusión y tranquilidad paso la media maratón con las fuerzas un poco justas, aunque de momento no quiero pensar en ello.    

El Puente de Queensboro es como la Casa de Campo en la Maratón de Madrid. Si sales de él vivo, ya sabes que vas a llegar a meta. Es un momento precioso. Ya empiezas a sentir que llegas a Manhattan, el corazón de Nueva York y de esta carrera. La cuesta arriba es dura y bajo el ritmo. Estoy pasado de pulsaciones desde hace rato (y queda mucho por delante). Aprovecho la bajada para recuperar aliento y mejorar mi gesto. Me esperan justo abajo y no es cuestión preocupar al personal con un mal gesto o una cara excesivamente cansada.  

Llego a Manhattan, dejo el puente y giro la curva ¿Dónde estás? Veo miles de personas pero no veo a nadie… ¡Ah, sí, espera! A lo lejos ondea una bandera de España y detrás de ella me espera mi ángel con una sonrisa y una botella de isotónica. Nos abrazamos. El público no me deja irme hasta que nos hagamos una foto y nos grabemos un video. Completos desconocidos habían preparado sus cámaras esperando este encuentro. Esta gente no deja de sorprenderme.     

- Eres mi héroe, ¿lo sabes? Te quiero.

- Te quiero. Voy bien. No te preocupes. Esto está hecho. 

Aunque me oigo decir esas palabras en alto y mis fuerzas se han recuperado un poco (más por la emoción de ver a Cristina que por la bebida isotónica), algo dentro de mí sabe que no es verdad, que acaba de saltar la luz de reserva cuando dejaba el puente, que a partir de ahora, cerca del kilómetro 30, comienza el verdadero maratón. La dureza y belleza de esta carrera se despliega ahora ante mí. La verdadera soledad del corredor de fondo comienza, es curioso, cuando estoy rodeado de miles y miles de personas en la mejor carrera del mundo.

 

14:30 am Manhattan-Bronx-Manhattan (5 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)  

La subida por la 1ª Avenida a estas alturas no es nada fácil. Es cierto que la emoción de estar en Manhattan te lleva en “volandas” las primeras millas, pero no puedes negar la evidencia según vas acercándote al Bronx. A pesar de que las miles de personas gritando agolpadas en las aceras (de hasta tres o cuatro líneas) te hacen olvidar por momentos que estás ya, a estas alturas, destrozado, los geles ya apenas hacen efecto y las piernas pesan como bloques de cemento. Esto es lo que llaman el “muro” o “el tío del mazo”. Nos conocemos porque no es la primera vez que nos encontramos. Y la experiencia, dicen, es un grado. Sé quién eres y sé que te he vencido otras veces. Esta vez no será diferente.  

Intento evadirme con la música, pero ya no funciona. Tengo la “cabeza”, de hecho, llena de “ruido” y decido apagarla del todo. Llega un momento en este tipo de carreras donde una canción que otras veces te eleva y te hace aumentar el ritmo ahora suena a un chiste barato.  

Esto es lo que hay, Gonzalo. Es el momento de sacar la fuerza de voluntad y llegar a meta. Es lo que toca y ya sabías que este punto iba a llegar, antes o después. Entre otras muchas cosas, tienes que llegar porque ya deberías estar camino del aeropuerto cogiendo un avión y aun te quedan muchos kilómetros por delante que recorrer.    

Llegamos y salimos del Bronx con un ritmo lento y tranquilo, subiendo y bajando puentes.  Van pasando los kilómetros y la meta, ahora sí, no se ve tan lejana. En los avituallamientos bajo un poco el paso y aprovecho para coger aliento, pero el resto de la carrera la corro a ritmo lento pero continuo y, aunque parezca mentira, incluso voy pasando corredores que caminan o se arrastran a mi lado.  

Tras la interminable cuesta del kilómetro 37 de la 5ª Avenida (que parece no acabar nunca) tomamos la salida a la derecha hacia Central Park y la emoción de entrar en la “catedral” del running mundial hace que vengan a mi unas nuevas fuerzas que creía que no tenía. A pesar de los toboganes, aumento el ritmo de manera que hubiera creído imposible kilómetros atrás y un espectador incluso me grita “Go, Gonzalo, you look really strong”. Y es verdad, me siento fuerte. ¡Estoy acabando la mejor carrera del mundo y todo esto es maravilloso e inolvidable! Por momentos incluso pienso en que me da pena que todo esto acabe, aunque mis pies parezca que tienen otra opinión muy distinta.  

Quemo las pocas reservas que me quedan y enfilo la recta de meta de Central Park. Es hora de pisar el acelerador y dejarse el alma y la piel. A lo lejos veo la meta ya. Saco la bandera de España, que con el viento y la lluvia se pega a mí como si fuéramos uno solo, y grito de rabia. La gente me anima y las luces de meta ya me iluminan la cara golpeada por la lluvia. La sensación, creedme, es fantástica.  

 

Entramos en meta y me invade la felicidad. Hemos vuelto a ganar. Esta vez parecía que no tocaba hacerlo, pero hemos vuelto a llegar a una meta de un maratón. Y ya van 12. Soy feliz.

 

16:30 am Manhattan - ¿Madrid? (3 h restantes hasta la salida del avión a Madrid)  

Tras la clásica foto con la medalla empieza otra carrera. Tengo que llegar a Madrid. Cristina me llama al teléfono (apenas con un 2% de batería). ¿Has llegado? ¿Cómo ha ido? ¿Dónde Estás? ¿Vienes ya? Corre que no llegamos!  

La parte de “corre que no llegamos” pinta una media sonrisa en mi cara “Pero si llevo casi cinco horas corriendo!”. Pero es verdad. Apenas queda tiempo de coger el avión y toca seguir corriendo. Así que haciendo zigzag y arrastrando los pies adelanto como puedo a los cientos de corredores que ahora, con toda la razón del mundo, no tienen prisa ninguna por correr a ningún lado y prefieren hacerse fotos y selfies.  

Salgo de Central Park con mi poncho azul de la victoria (tras el correspondiente “Remember. You made it” del voluntario –esta gente es genial-) y como loco me pongo a pensar cómo llegar al hotel a tiempo. ¿Metro? Imposible, colapsado. Taxis ni de coña. Intento pedir un Uber pero su tiempo estimado de llegada son 30 minutos.  

A lo lejos veo circulando un ciclista con carricoche detrás. De esos que te llevan de paseo por Central Park un día normal. Le paro y me digo que si puede llevarme a la 7ª Avenida con la calle 54. Tras pensárselo un momento me dice “Let’s do it”.  

Me siento como puedo en el carricoche (con una dolorosa subida de gemelos incluida, todo hay que decirlo) y empezamos a pasar por el carril bici las calles atascadas de Nueva York, tomando atajos, esquivando coches, cruzando aceras y volando hasta el hotel. Creo sinceramente que no hubiera podido llegar a tiempo de otra forma.  

El resto, como dicen, es historia. Solo os diré que pasé el control de seguridad del aeropuerto en pantalones cortos y zapatillas, con el dorsal y la medalla en mi camiseta y el poncho puesto (aunque puede asearme adecuadamente después) y que cogimos el avión con diez minutos de margen.  

He corrido cientos de carreras. Maratones internacionales incluidas. Pero la Maratón de Nueva York es la más grande de todas en las que he estado. Y de lejos.  

A veces los sueños sí se vuelven realidad…

 

 

 

 

 

escrito por
portrait

Gonzalo Rincón de Pablo

Abogado / Asesor Fiscal de Madrid

Club: ASICS Frontrunner / Gacelas de Madrid / Coentrena

MIS DISCIPLINAS
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