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"Para triunfar en la vida, no es importante llegar el primero. Para triunfar simplemente hay que llegar, levantándose cada vez que se cae en el camino”

Volvió a pasar hace tres semanas.

Se celebraba en Madrid una de las carreras más multitudinarias del calendario de running popular, la carrera “Madrid corre por Madrid” donde participan cada año miles de personas. Últimamente mis tiempos no son los mejores en un 10K (¡cuánto cuesta estar en forma y que pronto se pierde, ¿verdad?!) y, además, como estoy preparando el Maratón de Nueva York aprovecho ahora todas las carreras de los domingos, como suele ser costumbre en mí, para correr un poco antes de que comiencen y hacer así la “tirada larga” de la semana. Así que esta vez me lo tomé con calma, disfruté de la carrera con amigos y llegué, cansado por la distancia pero satisfecho de “tachar” otro entrenamiento del calendario que, esperemos, nos llevará a cruzar de nuevo la meta de Central Park el próximo 5 de noviembre. Tras la carrera, lo de siempre: agüita, plátano, isotónica, cambio de camiseta y…a casa con esa sensación de los deberes hechos una semana más.

Cuando enfilaba ya el Paseo del Prado hacia Atocha, minutos después, los primeros clasificados ya se amontonaban en el pódium de la Plaza de Neptuno para recoger los trofeos y hacerse las fotos correspondientes. Uno siempre se pregunta en esos momentos qué se sentirá estando ahí subido recibiendo aplausos y abrazos y viendo como sus amigos se hacen hueco a codazos entre las primeras filas para hacer las fotos que luego se subirán en las redes sociales (y se llenarán de “me gustas” y “corazones”). Después de tantos años uno acepta, al menos en mi caso, que en esta vida cada uno tiene su sitio y esos pódiums se antojan muy lejanos (y no por falta de ganas y de entrenamiento, la verdad, sino porque cada uno juega las cartas que esta vida le reparte y las mismas cartas que son buenas para ganar al mus no lo son tanto para jugar al póker).  

Caminando calle abajo, ya, y pasando el Museo del Prado bastantes minutos después, observé que llegaba la ambulancia que cierra normalmente la carrera y, a unos pocos metros delante de ella, como siempre, al último corredor. En este caso, un veterano de mediana edad y pelo canoso que, zancada a zancada, con ojos vidriosos y agotados, finalizaba los últimos cuatrocientos metros que le separaban de la línea de meta. Ante los muchos gritos de ánimo y aplausos del resto de corredores (ya descansados todos ellos, con la mochila en el hombro y la botella de agua en una mano) respondía con una media sonrisa casi imperceptible –quizá la que solo aprecia y comprende quien ha estado en esa situación en multitud de ocasiones- y con un pequeño movimiento de la mano a modo de saludo y agradecimiento.

Cuando una persona que no corre habitualmente ve una escena como esa te dice cosas como “para llegar el último con la ambulancia yo no corro” o “no tiene sentido salir de una carrera si vas a llegar así”. Pero si eres corredor habitual no es eso lo que sientes en ese momento. No es eso lo que piensas. Cuando animas a los corredores que llegan en la cola lo haces con respeto, con reconocimiento y con emoción. Siempre. Los mismos con los que el primer clasificado anima a todos los corredores que llegan por detrás. Porque, creedme, todo corredor que cruza una meta gana. Esa es la magia de este deporte.   

Porque cuando te levantas de la cama a las 6 de la mañana o sales a correr a las 11 de la noche después del trabajo para entrenar una carrera que correrás meses después, ganas.

Porque cuando dejas atrás depresiones, divorcios, accidentes, enfermedades, trabajos agotadores y decides cambiar tu vida calzándote unas zapatillas de correr, ganas.

Porque cuando arañas unos pocos segundos al cronómetro y superas tus propios logros día tras día, aun llegando de los últimos, ganas.

Porque cuando alcanzas metas que jamás pensaste que alcanzarías y, a los pocos minutos de conseguirlas ya estás pensando en las siguientes que vendrán en el futuro, ganas.

Porque cuando sientes la lluvia en tu cara mezclada con tu sudor y, aun así, te sientes invencible acelerando en la siguiente recta, ganas.

Porque cuando recorres una ciudad nueva corriendo a través de sus calles y perdiéndote entre su gente, ganas.

Porque cuando ves la cara ilusionada de tu familia o de tus amigos con una pancarta esperándote a la vuelta de cualquier curva con ojos orgullosos, besos, abrazos y gritos de ánimo, a pesar de que otros cientos o miles hayan pasado mucho antes que tú, ganas.

Porque cuando conoces a gente maravillosa compartiendo este deporte, ganas.

Muchas personas que saben que corro habitualmente y que no terminan de decidirse a empezar a correr me comentan que les da miedo apuntarse a una carrera “porque no quiero llegar el último”. Yo siempre les recuerdo eso de que siempre llegarán por delante de los que nunca se atrevieron a tomar la salida y prefirieron quedarse cómodamente en el sillón. Y, creedme, el día siguiente cuando todos les pregunten cómo les fue en la carrera podrán decir orgullosos que ganaron. Y será verdad.  

escrito por
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Gonzalo Rincón de Pablo

Abogado / Asesor Fiscal from Madrid

Club: ASICS Frontrunner / Gacelas de Madrid / Coentrena

MIS DISCIPLINAS
half_marathon ultra_marathon trail olympic_distance_triathlon 10k marathon
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