- Bueno, ¿nos apuntamos o qué?

El timbre de inicio de las clases me salvó de responder a mi amigo. Y menos mal, porque no lo tenía nada claro. ¿Miedo? No lo sé, a saber qué se pasaba por esa cabeza mía que acababa de cumplir 15 años. ¿Nervios? Quizás sí, iba a ser mi primera carrera. ¿Ganas? ¡Muchas! Entonces... ¿por qué te lo piensas tanto Juan? Por la cara que me puso la profesora de Matemáticas, probablemente me hice la pregunta en voz alta. Disimulando y haciendo que seguía esa maravillosa clase de ecuaciones de segundo grado llegué a la conclusión de que sí, de que quería estrenarme en el mundo de las carreras.

¿Y qué mejor forma de empezar que con una San Silvestre? Conocía esa carrera por la tele. Es la que cruzaba Madrid la tarde del 31 de diciembre, en la que los pros llegaban llenos de espuma y los no tan pro se disfrazaban de cualquier cosa para festejar el cambio de año. No sabía a qué me iba a enfrentar, pero al menos sonaba a que iba a haber ambiente. Así que después de confirmárselo a mi amigo, fui soltándolo entre familia y amigos. La reacción no fue la esperada, más de uno me miraba como un bicho raro:

"Pero, si no estás en forma" me decía algún familiar preocupado. "Oye, ¡que juego al fútbol!" era mi respuesta comodín. Con un par de patadas al balón y una clase de Educación Física por semana me creía preparado. Optimismo de la adolescencia, supongo.

"Vas a estar rendido, no vas a aguantar por la noche". Estos ánimos eran de un amigo, que temía que le dejara solo en la fiesta de después de las uvas.

"Y encima, ¿pagas por sufrir?". Esta es mi favorita, quizás porque todavía la escucho. Me hubiera gustado responder que el precio incluía una camiseta chula de recuerdo, pero en esa edición de 2001 todavía no daban, no había tanta cultura runner… ¿he dicho runner? ¡Ni siquiera existía el término runner!

Mi padre era de los pocos que estaba feliz con mi decisión. Normal, corredor de toda la vida, maratoniano... Yo creo que se sentía identificado. Y hasta me daba consejos para reservar fuerzas de cara a la famosa cuesta de Vallecas.

Tras coleccionar durante tres semanas esos "ánimos" y algún que otro consejo me planté el 31 de diciembre cerca de la salida con mi amigo. ¿La indumentaria? Profesional, claro: las zapatillas de gimnasia del colegio, los pantalones cortos de jugar al fútbol y una camiseta de algodón con publicidad de algún refresco. Mientras calentábamos comentábamos un poco la jugada, nuestras intenciones, nos motivábamos ("nada de pararse, ¡eh!") pero nos era imposible ocultar esa mezcla de ilusión y nervios propios de la primera carrera. Sensación que, aunque con otra intensidad o con otros matices, me sigue acompañando cada vez que me pongo un dorsal.

A falta de minutos para la salida fue cuando pagamos la novatada:

- Son menos cinco, ¿vamos yendo a la salida? -le dije a mi amigo- Oye, ¿y qué hace toda esta gente parada aquí? Si la salida está 200 metros más arriba.

- Juan... creo que esta gente ES la salida. Nos toca ponernos a la cola -respondió él mientras yo miraba hacia esa marabunta con la boca abierta. ¡Eso parecía una manifestación! Jamás hubiera pensado que había tanto chiflado como nosotros suelto un 31 de diciembre.

Justo cuando encontramos el final de la masa humana sonó el pistoletazo de salida. Sin tiempo para mentalizarse empezamos a trotar como podíamos entre el resto de corredores. Tardamos casi 5 minutos en pasar por la línea de salida: el gran invento de los cajones por tiempo llegaría unos años más tarde. Y, para redondear esa gran salida, antes de llegar al kilómetro 1 yo ya había perdido a mi amigo. Me tocó afrontar la carrera solo pero afortunadamente, mientras durara la cuesta abajo, no iba a tener muchos problemas.

Entonces llegó ella. La temida cuesta de Vallecas se presentó ante mí. Las palabras de mi padre empezaron a resonar en mi cabeza. “Resérvate para Vallecas…” decía. Creo que cumplí mi papel de adolescente perfectamente porque durante los 8 kilómetros anteriores no le había hecho ni caso. La emoción, el ambiente, la gente animando, los disfraces, la cuesta abajo… todos estos factores me habían hecho correr demasiado alegre y lo pagué. Bajé ritmo, levanté la cabeza, me puse en modo sufrimiento y… ¡a escalar! Cuando llegué a la cima, me invadió tal estado de euforia que no sabía si estaba en Vallecas o en el Himalaya, pero hizo que el último kilómetro se me pasara volando.

La llegada a meta se plagó de sentimientos. Alegría, satisfacción, alivio… pero sobre todo la sensación de que si quieres, puedes. De que si te propones algo y te lo trabajas, lo consigues. Con el estiramiento y enfriamiento posteriores se debió de borrar el sufrimiento de mi memoria porque al año siguiente repetí. Y tras ese año, otro. Y luego otro. Y como esperar un año entre carrera y carrera era demasiado, tuve que incluir otros 10k por el camino. Y a los 10k les siguieron medias maratones y maratones. Y en cada línea de salida me hago las tres preguntas que me hice aquel día en clase. Puedes tener miedo, puedes estar nervioso, pero si tienes ganas de empezar un reto… ¡a por él!

Juan Martín Ruiz
(@mruizjuan)

escrito por
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Juan Martín

Ingeniero de Telecomunicaciones de Madrid


Club: Coentrena
Entrenador: Oscar de las Mozas

Mis disciplinas
Media maratón Maratón 10 km

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