"Si quieres correr, corre una milla. Si quieres experimentar una vida diferente, corre un Maratón" (Emil Zátopek).

Por muchos es conocida la frase que encabeza este nuevo post en mi blog como embajador #ASICSFrontRunnerSpain. Siempre he creído que debemos exprimir la vida y sacarle todo el jugo posible, porque se trata de una fruta que se marchita y no te permite volver atrás para degustarla a tu gusto. En menos de 10 días, me enfrentaré a mi Maratón número 27. De los 26 anteriores, he terminado 25. Sólo tuve que abandonar una vez. En Rotterdam (Holanda), en 2009. Un dolor estomacal me dejó vacío, sin fuerzas para avanzar ni un metro más en el kilómetro 29. Abandonar, pues, sí es una opción (muchas veces desdeñada y desprestigiada, pero de eso ya hablaremos otro día). Y, cuando se acerca esa fecha marcada en rojo en el calendario, siempre siento el mismo cosquilleo. La misma pasión. La afrenta de volver a recorrer algo desconocido, aunque siempre son 42 kilómetros y esos interminables 195 metros. Cuando te crees que estás bien preparado y pecas de optimista, el Maratón te derriba. Cuando acudes a la cita con los deberes hechos, pero con precaución, te permite cruzar la línea de meta. No es cuestión de suerte, sino de trabajo y respeto. 

Siempre he escrito la palabra Maratón con mayúsculas. Como si fuera un nombre propio. Las cosas importantes siempre se escriben con letra capital. Correr un Maratón siempre es un reto. Sabes como empieza, pero no dónde ni cuándo termina. Eso sí, hay algo que siempre se repite: el trayecto te cambia, te transforma. Como corredor. Pero también como persona. Y la persona que soy a día de hoy, estoy seguro que está muy esculpida por este Miguel Ángel de la vida que son los 42.195 metros. Sé cómo me voy a levantar el próximo lunes 6 de noviembre. Un día después de -espero- haber terminado el Maratón de Oporto. Un fin de semana que, además, supondrá un Maratón de emociones al conocer, cara a cara, a mis compañer@s #ASICSFrontRunnerSpain de Madrid, además de poder compartir charlas, bromas y dos días intensos con mi familia ASICS de Barcelona. Decía que sé cómo me voy a levantar ese lunes. Las piernas se acordarán del Maratón. Siempre ocurre lo mismo. Será como una huella –generalmente, dolorosa- que te sitúa, otra vez, sobre las emociones vividas al cruzar la línea de llegada. Los que me han leído en alguna otra ocasión saben ya de mi afición por la distancia de Filípides. No como una obsesión, sino más bien como una filosofía de vida. Una forma de entender el mundo desde una posición activa y positiva, pero en constante movimiento. 

Con la masificación del running en nuestro país, cada vez son más los que, lanzados por la superación personal o motivos de otra índole, se apuntan a correr los 42 quilómetros y 195 metros. Y eso sin casi tener experiencia. Seguro que todos nosotros conocemos algún caso entre nuestra pandilla de amigos y conocidos. Y lo hacen -o lo han hecho- sin prácticamente saber lo que implica tomar parte en un Maratón. Se bajan de Internet un programa genérico de “cómo preparar un Maratón en menos de 4 horas” y adaptan el contenido a su jornada laboral. Corren y corren, sin conocer su cuerpo. Y, lo que desde mi punto de vista es más significativo y alarmante, sin haber visitado previamente a un especialista para cerciorarse de cuáles son los límites de su cuerpo. Algunos, atrevidos ellos, dicen que la carretera ya les enseñará sus límites, siguiendo el ejemplo del ultra maratoniano norteamericano Dean Karnazes, que defiende que “el cuerpo humano tiene limitaciones, el espíritu humano no tiene ataduras”. No dejan de llevar razón, en cierto modo. Pero Dean Karnazes, una fuerza bruta de la naturaleza, sólo hay uno. Siguiendo con el razonamiento, no es menos cierto que conocer de antemano el umbral aeróbico y anaeróbico de uno mismo, así como el umbral de lactato (el punto en que el cuerpo genera más ácido láctico del que puede eliminar) facilita mucho las cosas. Una revisión médica y una prueba de esfuerzo anual deberían ser requisito sine qua non para participar en un Maratón. Ello supondría menos inscritos, seguro, pero también más seguridad y tranquilidad para todos.

Hay que ser consciente que, en un Maratón, llevamos el cuerpo al extremo. Hasta la extenuación. Bajando los sistemas de defensas casi más allá del límite. Correr 42.195 metros es mucho más que la gratificación que uno siente el día de la carrera o durante las horas previas. Emoción cuando alguien desconocido grita tu nombre en el kilómetro 36 –cuando ya casi no puedes más y todo tu cuerpo está en alerta roja-; emoción cuando, en algún punto del recorrido, te encuentras con los tuyos y puedes dar un beso rápido (el tiempo es oro) a tu mujer y a tus hijas y después seguir corriendo; emoción –indescriptible- al cruzar la meta y saber que eres otra vez maratoniano. Pero, como os decía, es mucho más que todo esto. Son meses de trabajar duro, de acumular kilómetros y kilómetros, de levantarse temprano, de sufrir en soledad, de cuestionarse, en definitiva, si todo el esfuerzo será suficiente. Y, todo ello, no se puede hacer en dos semanas. Ni en un mes, por muy buena que sea tu condición física. Y termino, a modo de epitafio, con una reflexión de la corredora de ultrafondo Alexandra Panayotou que en el año 2010 corrió 2010 kilómetros en 31 días: “estaba preparada, pero nada te prepara frente a la realidad”.

escrito por
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Marc Cornet Plana

Periodista de BARCELONA

Grupo de edad: 40 años
Club: ASICSFrontRunnerSpain

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Maratón Ultra Trail Ultra maratón

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