Daba igual que durante la semana previa mirara la previsión cada 5 minutos, el pronóstico no cambiaba. Lluvia todo el sábado. Especialmente a última hora, momento del pistoletazo de salida. Pero algo tiene esta carrera que, al final, hasta la lluvia la respeta. Es la Bilbao Night Marathon, la maratón nocturna que incluye a sus distancias hermanas: Media Maratón y 10k.

De esas tres elegí la hermana mediana, los 21k, puesto que encaja perfectamente en mi calendario preparatorio de la Maratón de Valencia del próximo 19 de Noviembre. Me sirve de test al estar situada justo cuatro semanas antes de la distancia reina, como mandan los cánones.

Pero no es esa la única razón. Culpa de esta elección también la tiene Bilbao, ciudad fantástica a la que me unen lazos personales, y su recorrido: salir desde el nuevo San Mamés, recorrer la Gran Vía, bordear la ría y terminar en el Guggenheim es envidiable para muchas ciudades. Otro motivo es que se trata de una carrera nocturna, lo cual no deja de añadir un punto original. Aprovecho este escenario para estrenar la indumentaria reflectante lite-show de Asics, preparada para ser visible cuando corres de noche y, además de confirmar que el efecto de luminosidad se cumple con creces, parezco un simpático árbol de Navidad (¡me encanta!).

Paseando a media tarde del sábado por las calles de Bilbao ya se aprecia que algo importante va a suceder. Mucha gente por la Gran Vía, música sonando en escenarios lejanos, y el tradicional olor a refléx según avanzo por Pozas hacia San Mamés. En los alrededores del estadio ya están los corredores más madrugadores dentro de los cajones de tiempo, protegidos por altas vallas metálicas. Me uno a ellos entrando a calentar a mi jaula correspondiente. 20h10. Todavía quedan 20 minutos, pero las ganas y los nervios en esos momentos te pueden y quieres estar preparado y colocado en primera fila, como si esto pudiera presionar a la organización para que la carrera empiece antes.

Se ha hecho larga la espera pero llega el momento. Una docena de antorchas lanzan llamaradas, se nota el calor, se notan los nervios. Concentrado, hoy sin música. Pistoletazo de salida seguido de una coreografía de fuegos artificiales. Empieza la carrera y empieza la vuelta a San Mamés. La emoción de la salida me puede (siempre lo hace) y adelanto a mi liebre de referencia, la que porta la bandera de 4 min/km. Completo el perímetro del estadio a un ritmo demasiado elevado, pienso en ralentizar mi paso, pero enseguida me veo bajando Sabino Arana y entrando en López de Haro completamente custiodado por cientos de personas aplaudiendo... ¡así es imposible frenar!

En Moyúa no disminuye el público y otra cuesta abajo, Elcano, me lleva en brazos hasta cruzar la ría por el puente de Deusto. Uno podría pensar que al alejarnos del centro iba a haber menos animación pero no, las palmas no cesan... ¡esa gente se merece un 10! Sigo a mi ritmo de crucero por la Avenida del Lehendakari Aguirre, muy cómodo, pero pronto se me acaba el chollo: con las cuestas de la Avenida de Madariaga (km 8) y la de Elcano (km 9, esta vez en sentido ascendente) empiezan a picar las piernas. Y, para terminar de despertar mi duda interior, paso los 10k marcando 38:30, una marca similar a mis últimos diezmiles: "¿Dónde vas Juan? Con el mes de noviembre que tienes por delante y tú arriesgando en la primera oportunidad que tienes". Estoy muy tentado a bajar de ritmo, a terminar lo que me queda a 4 min/km. Así me aseguraría hacer marca personal y no forzaría de cara a Valencia.

Pero, inconsciente de mí, el hambre me puede. Cierro los ojos, rezo para que no haya sorpresas en forma de cuestas inesperadas y continúo a piñón fijo por Abandoibarra. Dejo de lado el Guggenheim pero apenas lo miro de reojo: ahí se encuentra la meta y todavía queda media carrera. Sí me pongo a observar el puente de Calatrava según lo paso por debajo, el reflejo de las torres Isozaki en el agua, el majestuoso teatro Arriaga, la estación de tren de Abando y el Ayuntamiento, tan señorial como su ciudad.

Esta vuelta turística a lo largo de la ría no la he hecho solo. Me están acompañando un señor con gorra y un joven con rasgos asiáticos que no se separan de mí. Ni yo de ellos. No lo compartimos en voz alta, pero me atrevo a decir que los tres estamos disfrutando de las vistas. Seguimos quemando kilómetros en grupo por el Campo Volantín, pasamos un hotel de colores y hacemos un fuerte giro de 180 grados para volver por lo ya pisado. Gracias a esta vuelta veo en sentido contrario a la que iba a ser mi liebre. “Perdón por haberte sido infiel... espero no arrepentirme” pienso para mí.

Cuando paso delante de la Universidad de Deusto las piernas ya no pican, abrasan. Mis compañeros de viaje se han bajado del vagón y me han dejado a mi suerte, pero consigo encontrar mi fuente de motivación al pasar por el cartel del kilómetro 18. Echo mis números, o al menos lo intento… ¡cuánto cuesta pensar en estas situaciones! Si no ocurre nada grave, bajaré en 3 minutos mi marca. Y con ese chute de moral continúo a mi ritmo desconectando la mente de todo lo externo, sólo fijándome en mi zancada, en mi respiración y en mantener la postura erguida.

La música de un escenario no muy lejano me despierta de mi letargo. El Guggenheim me está llamando, está justo detrás del cartel de 21 kilómetros que tengo al alcance. Ambiente excepcional, aplausos, ánimos… incluso Puppy me saluda desde arriba. Último giro, últimos 97 metros y veo el crono de la meta marcando 1h21. Impensable al principio de la carrera. Sólo una cosa hace que desvíe mi mirada del luminoso: el grito de ánimo de mi mujer junto a sus padres (¡qué paciencia tienen!). Les saludo a cámara y acelero para terminar mi paseo nocturno por la ciudad de Bilbao.

escrito por
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Juan Martín

Ingeniero de Telecomunicaciones de Madrid


Club: Coentrena
Entrenador: Oscar de las Mozas

Mis disciplinas
Media maratón Maratón 10 km

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