Lo importante, una vez más, es haber aprendido, haber sacado una lección y volver a tener claro que, como reza el título de este post, “No importa las veces que tropieces, mientras tropieces en la dirección correcta”.

Si me conocéis un poquito, sabréis que soy una persona sin apenas competitividad.

Consciente de que poder iniciarme un deporte como el running con 43 años, sacar tiempo a diario y no haberme lesionado, ya es suficiente premio, nunca me han obsesionado las marcas, los tiempos o las carreras.

Pero hay algo que SIEMPRE me ha movido por dentro y es superarme a mi misma.

Sé que es una frase hecha, de esas que se copia y pega en Instagram para darle un mensaje inspirador a cualquier foto, y eso le resta credibilidad… pero os puedo prometer, que en mi caso, es literal.

Para mi, no hay mayor sensación de fracaso que sentir que no avanzo. Da igual lo largo que sea el camino, da igual el cansancio que acumule y da igual el número de veces que tropiece… siempre que sienta que tropiezo en la dirección correcta.

Tal vez por ello esta está siendo una de las mejores temporadas de running para mi. Unos meses en los que me he puesto a prueba, en los que he podido ver que llegaba a más de lo que creía y en la que veo que, no sólo he sido capaz de entrenar como debía, sino que ha dado sus frutos.

Hace unas semanas decidí correr 21k dentro de la Maratón de Barcelona.

Aunque me estoy dedicando a mejorar la técnica y coger fondo, y centrándome en distancias más cortas como los 10k, se trataba de una ocasión especial, un viaje con los ASICS FrontRunner y quise probar es distancia que ya había recorrido 7 veces, pero para la que ahora no estaba entrenando específicamente.

No era el día. El inesperado calor y los altísimos niveles de humedad hicieron que aquella carrera fuera una auténtica pesadilla incluso para corredores mucho más preparados que yo.

Fue una mala carrera. Pero no tuvo nada que ver con el crono. Para mi el fracaso (y con “fracaso” me refiero a que no salí contenta, que sabéis que gestiono bastante bien los fallos y soy indulgente conmigo misma…) tuvo que ver con mi cabeza, más que con mis piernas.

No ayudó el cansancio del viaje, ni el que coincidiera con el peor día del mes para correr, ni que a pocos kilómetros de la meta quisiera dejar paso a un corredor, tropezara y me hiciera dos heridas en las rodillas. No ayudaron ni el calor ni la humedad.

Pero la verdadera “caída” fue que me rendí. Me rendí casi desde el principio.

Mientras cogía el metro sola hasta el km 21, dejé que el miedo me venciera. El no tener nadie con quien hablar mientras esperaba a Eric, Pol, Damián y a Silvia, a quienes había prometido acompañar unos metros, hizo que las inseguridades fueran creciendo.

Salí a correr, sin un motivo, sin un objetivo, sin nadie a mi lado… y con la cabeza diciendo “no puedes”. Y no pude.

Corría sin saber si podría terminar los 21k, deseé con todas mis fuerzas encontrar a alguno de mis compañeros que me dieran aliento, que me dijeran que sí que podía… finalmente después de 15k a punto de decidir rendirme, apareció el que sería mi “ángel de la guarda” durante el resto de la carrera. Alguien que altruistamente decidió acompañarme hasta el final.

Me suele dar mucho apuro que alguien estropee su carrera por acompañarme y yo, en aquel momento, se la iba a estropear, porque no era capaz de ir más rápido.

“Te acompaño encantado. Sé lo que es ir “tocado” de cabeza”.

Conversación, amabilidad, indicaciones de esas que todo runner sueña con escuchar como “A partir de ahí es todo bajada”, o ese “Claro que puedes”…y sobre todo tirar de mi hasta la meta… nunca estaré lo suficientemente agradecida (Gracias otra vez, Jesús).

Pero, como dije en Instagram minutos después, aquella carrera me enseñó muchas más lecciones que las meramente deportivas.

Al atravesar la meta me mareé dos veces, como jamás me había pasado. Y una de ellas tuve una especie de “asma” que fue lo que más me asustó. Aclaro que durante la carrera, no tuve ninguna señal que hiciera prever aquello, porque lógicamente, hubiera parado. Quizás por eso me asustó más.

Cuando me quedé sola, y me senté a beber algo, me vinieron de repente todas las emociones a la cabeza y me desbordaron: la sensación de haberme rendido, las heridas que, ahora sí, empezaban a doler en las rodillas, el miedo por aquellos mareos inesperados y supongo que la soledad… comencé a llorar.

“Es sólo una carrera”, me dijo alguien.

“Lo sé”, contenté yo que en aquel momento ni sabía, ni quería, explicarle a nadie todo lo que tenía dentro. Ni sabía el tiempo que había hecho (que por cierto, no fue tan malo) ni tenía ningún objetivo.

Lo que me hacía sentirme mal, era haberme rendido. No haber sido capaz de vencer a la cabeza y, teniendo las piernas listas (no tuve ni un dolor ni agujetas ni molestias en las piernas) no haber sabido gestionar las emociones.

Como también dije en IG, si en algo soy experta, es en sacar una lección de cada caída, quedarme con lo bueno, y olvidar lo malo.

Así que de esos 21k me traje muchas lecciones. Sobre lo importante que es la preparación mental (la física ya la tenía clara), sobre la importancia de quien te ayuda, y sobre la prevención de “molestias” que pueden surgir después de la carrera, aunque durante ella te encuentres bien.

A los que hayáis llegado al final de este post, os pido perdón por hacerlo tan extenso pero cuando se trata de emociones, siempre soy exagerada (“agotadora” me atrevería a decir, jajaja).

Lo importante, una vez más, es haber aprendido, haber sacado una lección y volver a tener claro que, como reza el título de este post, “No importa las veces que tropieces, mientras tropieces en la dirección correcta”.

escrito por
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Susana Garcia

Programadora de Pozuelo de Alarcón, Madrid

Grupo de edad: 45
Club: ASICS FRONT RUNNER
Entrenador: Jesús Antonio Nuñez (NuñezRun)

Mis disciplinas
Entreno funcional Boxeo Media maratón Estiramientos 10 km Fitness

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